TELEGRAMAS

Una esperanza cambió con su hermana los siguientes telegramas, de Ramos Mejía a Viedma:

OLVIDASTE SEPIA CANARIO. ESTÚPIDA. INÉS.

ESTÚPIDA VOS. TENGO REPUESTO. EMMA.

Tres telegramas de cronopios:

INESPERADAMENTE EQUIVOCADO DE TREN EN LUGAR 7.21 TOMÉ 8.24 ESTOY EN SITIO RARO. HOMBRES SINIESTROS CUENTAN ESTAMPILLAS. LUGAR ALTAMENTE LÚGUBRE. NO CREO APRUEBEN TELEGRAMA. PROBABLEMENTE CAERÉ ENFERMO. TE DIJE QUE DEBÍA TRAER BOLSA AGUA CALIENTE. MUY DEPRIMIDO SIÉNTOME ESCALÓN ESPERAR TREN VUELTA. ARTURO.

NO. CUATRO PESOS SETENTA O NADA. SI TE LAS DEJAN A MENOS, COMPRA DOS PARES, UNO LISO Y OTRO A RAYAS.

ENCONTRÉ TÍA ESTHER LLORANDO, TORTUGA ENFERMA. RAÍZ VENENOSA, PARECE, O QUESO MALAS CONDICIONES. TORTUGAS ANIMALES DELICADOS. ALGO TONTOS, NO DISTINGUEN. UNA LÁSTIMA.


jc

Dios para retardados.

Miren los pajaritos que vuelan por el aire. Ellos no siembran ni cosechan, ni guardan semillas en graneros. Sin embargo, Dios, el Padre que está en el cielo, les da todo lo que necesitan. ¡Y ustedes son más importantes que ellos!
¿Creen ustedes que por preocuparse vivirán un día más? Aprendan de las flores que están en el campo. Ellas no trabajan para hacerse sus vestidos. Sin embargo, les aseguro que ni el rey Salomón se vistió tan bien como ellas, aunque tuvo muchas riquezas.
Si Dios hace tan hermosas a las flores que viven tan poco tiempo, ¿acaso no hará más por ustedes? ¡Veo que todavía no han aprendido a confiar en Dios!
Ya no se preocupen por lo que van a comer, o lo que van a beber, o por la ropa que se van a poner. Sólo los que no conocen a Dios se preocupan por eso. Ustedes tienen como padre a Dios que está en el cielo, y él sabe lo que ustedes necesitan.
Lo más importante es que reconozcan a Dios como único rey, y que hagan lo que él les pide. Dios les dará a su tiempo todo lo que necesiten.
Mateo 6.26-33

Faldum

Los que fueron jóvenes en aquellos tiempos, eran ahora viejos, y los viejos de entonces habían fallecido. Inmutable y sin edad se elevaba solamente la montaña; y cuando la nieve sobre su cumbre enceguecía a través de las nubes, parecía sonreír y estar contenta de no ser más un hombre, de no tener que contar más el tiempo de acuerdo con la medida humana. En lo alto, por encima de la ciudad y la campiña, brillaban las peñas de la montaña; su sombra poderosa se trasladaba cada día sobre el país; sus arroyos y torrentes anunciaban abajo, en el llano, la llegada y el término de las estaciones del año; la montaña se había convertido en el sostén y padre de todas las cosas. Crecían sobre ella bosques y praderas con hierba ondulante y flores; las fuentes brotaban de ella, y también la nieve, el hielo y las piedras; de estas últimas brotaba un musgo colorido y junto a sus arroyos surgían nomeolvides. En sus entrañas había cuevas, por las que el agua goteaba como hebras de plata, año tras año y de piedra en piedra con una música inmutable; y en sus abismos había cámaras secretas donde con paciencia milenaria se iban formando cristales. En la cumbre de la montaña jamás había estado hombre alguno. Pero muchos pretendían saber que arriba de todo había un pequeño lago redondo, en el cual nunca se había reflejado otra cosa que el sol, la luna, las nubes y los astros. Ningún hombre ni animal se había asomado a aquella taza que la montaña ofrecía al cielo, porque ni las águilas volaban tan alto.

El Príncipe

Afuera, mientras tanto, esperábamos Su regreso escudriñando el cielo a través de las lagañas secas que nos mantenían los párpados apenas separados como para sostenernos en vigilia pero, a la vez, tan pegados que casi no podíamos ver, sumergidos en aquella duermevela en la que permanecíamos, equidistantes, a un palmo de la vida y otro de la muerte pero en un territorio ajena a ambas, fluctuando en ese purgatorio entre la nada y la nada, ardiendo en el fuego destemplado de la abulia, sintiendo en el cuero cabelludo el paso moroso de los piojos del abandono que nos iban comiendo poco a poco el seso de la voluntad y nos dejaban seco el cacumen del entendimiento, y asistíamos a nuestra propia ruina con la sonrisa congelada del cretino. Cultivábamos la lástima con escrúpulo. Nada nos provocaba un placer más dulce que lograr que se compadecieran de nuestros pesares. Exhibíamos nuestras miserias, mostrábamos las cicatrices y las excrecencias, las llagas abiertas y la carne mórbida de la septicemia. Y, con simétrica curiosidad, nos regodeábamos viendo pilas de cadáveres dejados tras los terremotos, secretamente nos deleitábamos ante el llanto desconsolado de quienes veían como sus casas eran arrastradas por el río desbocado de la Modernidad. Entonces ofrecíamos nuestro hombro piadoso para que las lágrimas del doliente regara el campo yermo en el que cultivábamos la dulce flor de la amargura. Llevábamos en el cuello la marca bífida de los dientes del vampiro de la execración. Como Lázaros de las tinieblas, nos levantábamos de nuestras tumbas hechas con la madera del naufragio y buscábamos el pescuezo inmaculado de aquellos que todavía conservaban el único patrimonio de sus anhelos; acechábamos desde las sombras y, surgidos de la nada, nos abalanzábamos sobre la lujuriante yugular de los que aún guardaban el hálito tibio de la vida. Entonces, pálidos e inertes, convertidos en uno más de nosotros, muertos en vida, recibíamos con júbilo a las nueves huestes de las profundidades.
Apestábamos.



No hablo de ese Jesús de las horribles estampas de colores. Ni del Jesús de piel amarillenta, como un enfermo del hígado, al que una enloquecida sociedad humana ha convertido en la mayor puta de todos los tiempos. Y cuyo cadáver va paseando perversamente por ahi, clavado en cruces infames. No hablo de palabrería divina ni de cánticos gimoteantes. Ni del Jesús que, con un beso infecto, despierta de sus sueños lascivos a las niñas pequeñas antes de la primera comunión y las hace morir de asco y vergüenza cuando desaguan las letrinas.







Hablo del hombre: el desasosegado que nos dice que debemos cambiar, ¡sin pausa, a cada momento! Hablo del aventurero, el más intrépido, libre y moderno de todos los hombres, que prefiere dejarse asesinar a pudrirse en vida con los demas. Hablo del hombre que es como todos queremos ser. Tu y yo.




are you Jesus Christ?



there's a killer on the road
his brain is squirmin' like a toad
take a long holiday
let your children play
if ya give this man a ride
sweet family will die
killer on the road, yeah


En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno...

¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! .

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.


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